La confabulación de los deseos

11 de Mayo, 2007

Miguel Ruibal

Las Dos Sandalias

Interior del almacén Las Dos Sandalias… Entra un caballero maduro con pantuflas de fieltro y se dirige al almacenero…

–Buenas.

–Usted dirá.

–¿Tiene chuño?

–Estoy por recibir.

–¿Gofio?

–No me entró.

–¿Mandioca?

–¿No me queda.

–¿Me puede decir de alguna tintorería en la zona…?

–Pasando el locutorio, a mano derecha, el segundo o el tercer local. Pero a esta hora no abren.

–¿Hacen surcido invisible ahí?

–No le sabría decir caballero. ¿Alguna otra cosa?

-La cuenta.

–Veintitrés con setenta y cinco.

–Sirvasé.

–… y veinticinco son veinticuatro.

–Buenas tardes.

–Buenas.

Tangos públicos y privados

15 de Abril, 2007

Mario Trejo

Carlos Gardel Carlos Gardel discepolo.jpg

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1. Marcel Duchamp, el —aquí sí permítaseme utilizar ese adjetivo tan franeleado que me da vergüenza caer tan bajo— «genial» (de genio, no de ingenio), el primero en no adherir al cambalache mercantil del cubismo (Picasso) ni del surrealismo (Dalí) dijo de una vez para siempre (creo que en una pensión de Sarmiento al 1500, en el Distrito Federal): «Lugar y fecha de nacimiento son datos que sólo interesan a imbéciles y a profesores de literatura española».

Toda esta obertura para recordar que mañana, 11 de diciembre, Carlos Gardel, Carlitos, el Mudo, cumple 109 años. Duchamp, el otro inmortal, le lleva tres años. Perdón, medio perdón.

2. Terminemos de una vez por todas con la calumnia. Ni lamento do cornudo ni edulcorante de amores contrariados. Ni maniático culto por la mamma o la idische mame (culto bienvenido, si no es llorón). Pertenece a la cultura según Ortega y Gasset «cultura es lo que queda después de que uno ha olvidado todo». Vamos, es lo genuinamente popular. No es meramente Rutebeuf, que ya en el 1200 cantaba sus penurias económicas; ni tampoco François Villon que daba cuenta de sus fechorías dos siglos más tarde. Ni son blues, ni canciones de presidio ni los cinco cantares que forman el cante jondo. No.

3. El tango es la canción que habla y aúlla en voz baja por el paso del tiempo. Alfredo Le Pera susurra «que es un soplo la vida» y que el olvido todo lo destruye. Líneas como éstas es posible leerlas en Marvell, en Shakespeare, en Quevedo, en Góngora.

4. Para acercarnos al problemático y febril: yo arriesgaría que el tango es poesía existencial. No digo «existencialista» porque el gran Jacques Prévert y la Juliette Gréco nunca se pasaron de la raya, fieles al sentido de la medida (le sens de la mesure) que, según la ignorancia popular, caracteriza a los franceses y que, desde Rabelais a Lacan pasando por el uruguayo conde de Lautréamont, es minuciosamente desmentida.

5. Mi querida María Elena Walsh, con quien practicamos un compartir con disentimientos (¡qué plúmbeo compartir sería de otra manera!) tiene razón cuando se queja del tratamiento que da Discépolo a la mujer en Esta noche me emborracho. Y ejecuta una venganza letal: describir a los tangueros en el local central de SADAIC: teñidos, peluquines, pelucas y ainda mais. Pero soslaya estas tres líneas:

«Fiera venganza la del tiempo
que le hace ver deshecho
lo que uno amó…»

6. Una vez, en Boulder, Colorado, el macanudo grupo de poetas coetáneos de Jack Kerouac, que levantó en su memoria el Naropa Institute, me pidió una traducción de Mi noche triste (1917, considerado el primer tango canción). Lo prometido es deuda. Me tiré a la pileta y no me quedó más remedio que traducir «bizcochitos» por cookies y los matecitos acabaron en bourbon o Jack Daniels, ya no me acuerdo. Pero la experiencia de la traducción (que siempre es un intento y que cuando sale bien lo deja a uno más feliz que con uno de cosecha propia, que ya es una traslación de algo que se siente y piensa simultáneamente) me dejó con estos versos que son para la efímera eternidad:

[1] «El espejo está empañado
y parece que ha llorado
por la ausencia de tu amor.»

[2] «De noche, cuando me acuesto,
no puedo cerrar la puerta,
porque dejándola abierta
me hago ilusión que volvés.»

[3] «Y si vieras la catrera
cómo se pone cabrera
cuando no nos ve a los dos.»

[4] «Y la lámpara del cuarto
también tu ausencia ha sentido
porque su luz no ha querido
mi noche triste alumbrar.»

7. Como en toda gran poesía, cada poema, cada línea es su propio comentario. Y si tiene alguna duda donde dice «catrera» léase «tálamo nupcial» y saque «cabrera» y ponga «furioso».

8. Palabras de Caetano Veloso a propósito de Orlando Silva:

«Este gran cantor, el mayor según Joâo Gilberto, nunca llegó a ser un emblema nacional, como Gardel, y el samba, que se había vuelto el ritmo basileiro por excelencia, nunca llegó a monopolizar lo nacional como ocurrió con el tango en la Argentina.»

9. En nuestro país los escritores (oficiales o con deseos) viven el tango de un modo vergonzante, como un careciente que necesita ser comprendido, tolerado. Basta leer al reciente ciudadano italiano (el de la vena fundamentalista) o al simpático J. J. Sebreli. Rosario tiene una soberbia excepción en Hugo Diz, el bardo del Boulevard, que, además, los dice y canta de lujo.

10. Por decisión unánime del Honorable Congreso de la Nación de la República Oriental del Uruguay, desde hace muchos años el Mudo es uruguayo. No olvidemos que el bandoneón nació en Alemania, Le Pera en Brasil y Gardel en Francia. Cosas de la globalización prematura.

11. Y cierro mirando hacia Domingo Federico, cuyos Saludos recibí como un golpe en la cabeza cuando era un pibe con la oreja alerta y Piazzolla todavía le daba al doble AA con Troilo. Y todo bajo el cielo de Cadícamo.

Rosario, 8 de diciembre de 1999.

El psicólogo de Harrod’s

28 de Marzo, 2007

Jorge Vernieri

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Veo en las fotos que recuerdan mi primera infancia (bien iluminadas, hechas en sus estudios por fotógrafos profesionales) que, como mis hermanos, llevaba puestos trajecitos de Les Bébés, una tienda de la calle Florida, cercana a Harrod’s. No he vuelto a vestir con semejante elegancia, pero me consuelo pensando que, con la figura que he adquirido en los últimos años, los modelos de Les Bébés no me sentarían como entonces.

Eran tiempos lejanos, fines de los cincuenta, principios de los sesenta; había taxis, tranvías, trolebuses, colectivos, ómnibus y hasta mateos, todos arremolinándose en torno a la garita del vigilante. Siempre he pensado que fue porque crecí, aunque ahora comprenda que se trataba de la crisis –en Argentina, siempre ha existido la sensación de que cada día se está un poco peor–, la cuestión es que, en determinado momento, pasé a vestirme de Harrod’s, que en su planta dedicada a la infancia tentaba a los papás con atractivas ofertas.

Harrod’s ocupaba un enorme edificio de aspecto decididamente londinense –en el que, según una película, solía pernoctar Mirtha Legrand– y a la mencionada planta infantil, que quedaba en el último piso, se accedía por medio de un escuadrón de ascensores, cada uno capitaneado por su respectivo ascensorista de uniforme. Además de la confitería («cafetería» en la Península), donde la tía Haydée iba ingiriendo taza tras taza de té, e intercalando de vez en cuando la tercera parte de uno de esos sánguches tostados que tanto se extrañan en el exilio, mientras por los altoparlantes sonaba, no muy fuerte, Fresedo con o sin Ray; además de la confitería, digo, estaba la peluquería para niños y la sala de espera con su famosa calesita («tiovivo», en España).

Sí, lo confirmo, la calesita existió. Yo mismo monté en ella. Era una calesita especial, muy divertida, tanto que a algunos chicos, a la hora de partir, les costaba emprender el rumbo. En ese momento solía aparecer un personaje legendario de Harrod’s, más legendario aún que la calesita: el psicólogo de Harrod’s. Era un profesional cuya principal función consistía en convencer a los chicos dubitativos de que, a la hora de partir, no había más remedio que emprender el rumbo. Se acercaba al niño o niña en cuestión y le susurraba arcanas palabras al oído, palabras que indefectiblemente provocaban que la criatura siguiera hacia el ascensor a su madre, padre, tutor o responsable, sin rechistar.

Confirmo, por tanto, que el psicólogo de Harrod’s también existió, yo mismo sentí el peso de su severa mirada. Me dijo: «Che, nene, andate rapidito con tu tía Haydée porque, si no, te reviento».

¿Experimentaste alguna vez lo que se siente al tener a un gordo sentado en el pecho?

27 de Marzo, 2007

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Los porteños que residimos desde hace años lejos de Buenos Aires te lo podemos explicar. Mientras el gordo reposa, vos sentís que las nieves del tiempo van plateando tu sien; las noches, pobladas de recuerdos, comienzan a encadenar tu soñar, el agua se pudre en los espejos, se esfuman las esperanzas de recuperar aquel cielo y comenzás a temer que, de tanto el recuerdo clavarte su puñal, quien sabe una noche te encane la muerte.

Menos mal que ahora existe Quemecontursi, sitio virtual en donde se le dice al gordo que se aguante un rato de pie. En Quemecontursi te busco por el Centro… y a veces te encuentro, el porteño en el exilio vuelve a su barrio que era así… o qué sé yo si era así, descubre que Buenos Aires es linda en fotos, que el Subte es un laberinto de sorpresas; que el bondi, cuando no hay que correr detrás de él, no adolece de cierta simpatía, y encuentra aquella estación de tren con enredaderas en la que una vez estuvo a punto de enamorarse.

A Quemecontursi se le movió el piso

25 de Febrero, 2007

¡Paciencia! Pronto iré subiendo todos los artículos que había en el viejo Quemecontursi.

Besos.


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